2.EL MATRIMONIO Y LA MUJER EN "LAS DESCENTRADAS"
2.1.El Matrimonio
Para entender la expresión que puede tomar el matrimonio en nuestras sociedades, es importante aclarar antes de dónde partimos. A lo largo de los años, los llamados matrimonios de conveniencia han imperado en la mayoría de culturas hegemónicas, colocando a los contrayentes en una posición de negociación más que en una relación donde existe algún tipo de afecto. Este entendimiento nos lleva a ver las relaciones matrimoniales como una empresa más que como un vínculo entre dos personas; no obstante, hasta qué punto las relaciones que llevamos “amorosas” no son también una empresa a desarrollar.
Cuando hablamos de “amor”, lo primero que nos viene a la mente suele ser el sentimiento romántico que impera en casi toda relación sentimental. El amor romántico es uno de los motores de la vida de todo ser humano, y no solo está ligado al afecto hacia otra persona, sino a un conjunto de asociaciones políticas y culturales que van unidas a él. Si acudimos a lo dicho por Coral Herrera en su obra Construcción sociocultural del amor romántico, esta autora nos define el concepto como
una construcción cultural y social, un mito que se consolidó durante el siglo XIX en nuestra cultura occidental y que se expandió por todo el planeta gracias a la globalización [...] La ideología que subyace al mito del amor romántico en la actualidad del siglo XXI es capitalista, colonialista y patriarcal. (2013: 27)
En las palabras que citamos, quedan claros los principios sobre los que se sustenta esta idea de lo romántico, que hoy en día aún tiene la imagen de ser algo maravilloso y es comercializado enormemente tanto en el cine como en la televisión. Esta clase de amor está politizada en tanto en cuento la podamos entender como la principal estructura social de un país: si el amor romántico no existiera, las personas no se reproducirían tan fácilmente y no desarrollarían “familias” que contribuyeran al correcto avance económico y productivo de las naciones. A lo largo de la historia, hemos visto que las funciones que cada persona desempeña en la sociedad han estado marcadas, principalmente, por el sexo/género que dicha persona poseía: si nacías “mujer”, tu lugar estaría dentro de la esfera privada y te encargarías del cuidado de la casa, de los infantes, de las personas mayores y de la reproducción de la especie; mientras que, si nacías “hombre”, tu lugar estaría dentro de la esfera pública encargándote de cualquier puesto de trabajo formal que se te asignaría dependiendo de tu nivel social y educativo. Esta adecuación del sentimiento amoroso a los intereses de la sociedad es lo que va a generar una intensificación del dolor y del sentimiento de abandono que se producirá si la relación amorosa que mantienen dos personas se rompe, pues no hablamos solo de una separación afectiva y emocional sino también de un fracaso político que provocará una serie de consecuencias a causa de la dependencia económica que suelen generar las mujeres, por no estar integradas, en muchos casos, dentro del entorno laboral, y de la dependencia doméstica en el caso de los hombres, por no estar acostumbrados a realizar tareas de cuidado.
En los últimos tiempos, hemos visto una transformación en este reparto de roles sociales que posibilita la integración de la mujer en la vida pública y del hombre en la vida privada y afectiva; no obstante, se sigue viendo como un fracaso político acabar con una relación sentimental amorosa, y más cuando sucede a una edad avanzada, pues, tal y como hemos dicho, al estar tan estructuralizado el amor romántico, no tener pareja, o no tener una familia, es no cumplir con lo que la sociedad espera de ti.
2.2.Salvadora Medina Onrubia
Salvadora Medina Onrubia fue una anarquista y feminista argentina que desempeñó un papel destacado en la lucha por los derechos de los trabajadores y las mujeres a principios del siglo XX en Argentina. Nació el 8 de marzo de 1886 en Buenos Aires, en el seno de una familia humilde.
Nuestra autora se convirtió en una figura importante en los círculos anarquistas y anarcosindicalistas de la época. Fue la primera mujer en dirigir un periódico en Argentina, La Protesta, que era un medio anarquista influyente. A través de sus escritos, abogó por la emancipación de la mujer, la igualdad de género y la abolición de la opresión social. Su activismo la llevó a enfrentar la persecución del gobierno. En 1902, fue arrestada por incitar a la violencia durante una huelga de trabajadores panaderos. Pasó varios meses en prisión, pero continuó su activismo a pesar de las dificultades. En palabras de Mariana Franchini:
Si te gustan los malditos, te gustará Salvadora […] Salió, por supuesto, de la nada, considerada desde las clases dominantes. Pero para quienes amamos a los malditos, sabemos que era una de nosotros. Fue e hizo ruido, escándalo, con sus ideas boxeadoras. (2016: 3).
Además de su labor en la prensa, Medina Onrubia también estuvo involucrada en la organización de sindicatos y en la defensa de los derechos laborales. Su compromiso con la causa anarquista y su lucha por la justicia social la llevaron a ser perseguida y encarcelada en varias ocasiones. En 1910, Medina Onrubia fue condenada a seis años de prisión por su participación en el grupo anarquista La Protesta. Fue liberada en 1913 debido a una amnistía general, pero continuó enfrentando persecución y hostigamiento por parte de las autoridades.
Salvadora Medina Onrubia falleció el 19 de enero de 1938. Su legado perdura como una figura destacada en la historia del anarquismo y el feminismo en Argentina, recordada por su valiente lucha por la justicia social, la igualdad de género y los derechos de los trabajadores. Esta autora cultivó todos los géneros literarios; sus obras más destacadas son: Akasha (1924), Las descentradas (1929) y La casa de enfrente (1926).
2.3.Las descentradas
Las descentradas es una obra teatral, dividida en tres actos, que nos cuenta la historia de Elvira, una mujer de unos treinta años, casada que, además, odia a su marido —el doctor López Torres, el cual tiene unos veinte años más que ella— y está decidida a entorpecer cuanto pueda la carrera política de este. En este afán, será ayudada por Gloria, una buena amiga suya que es criticada por los demás personajes de la obra a causa de su vida no conyugal y liberada. Gloria trabaja de periodista, al igual que Juan Carlos, un personaje que, al principio de la obra, se nos presenta como el novio y futuro marido de Gracia, una joven de apenas veinte años que es amiga de Elvira; no obstante, a medida que avanzan los actos, este se acaba enamorando de Elvira y, luego de que esta se divorcie de su marido —divorcio que se produce después de que el marido de Elvira la encuentre a ella y a Juan Carlos juntos en un cuarto— planean casarse. Este casamiento no llega a efectuarse por el sentimiento de protección que siento Elvira hacia Gracia, quien es casi una hija para la protagonista, así como los prejuicios de edad y la inercia de esta por la soledad como media de lucha contra el dolor vital.
A lo largo de la obra, vemos a Elvira con una actitud de superioridad que nos revela la enorme fortaleza que esta tiene que presentar ante las dificultades que le han acontecido en la vida. Una mujer fuerte e independiente —emocionalmente, pues económicamente no lo es— está expuesta a las inclemencias de una sociedad que lo que busca es, como ya hemos visto, el sometimiento femenino. Esta actitud de superioridad solo es paliada cuando Juan Carlos le revela su amor y esta se ilusiona imaginando una vida estable, como la de las demás mujeres “normales”, en la que pueda desempeñar las funciones que una mujer de la época debe realizar: coser, dar hijos y su marido y cuidar de todos ellos. El personaje de Elvira aspira a vivir tranquilamente como alguien a quien ama; algo que no ha podido tener, pues no sentía amor hacia su anterior marido. Cuando Gracia le revela que ella está preocupada porque su novio, Juan Carlos, está distante, ella retorna hacia el sentimiento de indiferencia para poder negar el amor que siente hacia este y así conseguir que Juan Carlos mantenga su compromiso con Gracia —quien, para la protagonista, es el amor perfecto para él porque no está ajada por la vida y es más joven que ella—. La obra termina con la desgarradora separación de Elvira y Juan Carlos, en la cual este piensa que Elvira ha jugado con él y decide partir hacia el lado de Gracia con el odio propio que sigue luego de un amor tan intenso.
El personaje de Gloria, por su parte, también tiene su conflicto interno, ya que se nos relata cómo esta ha perdido a sus hijos, entendemos, luego de un divorcio. Este hecho hace que veamos las distintas dimensiones que puede tomar el fin de una relación amorosa en la época, así como los estigmas que se ciernen, siempre, en torno a la figura de la mujer, que es presentada como una loca —igual que le pasa a Gloria—.
Las descentradas cierra el telón final con la partida de Elvira y Gloria hacia Europa para empezar de cero, algo que nos permite ver el culmen de la independencia de estas dos personajes, pues, en plenos años veinte del siglo pasado, viajan solas sin necesidad de contar con un hombre a su lado hacia un país que les es desconocido; esta independencia es total en el caso de Gloria, pues ella es económicamente independiente, y parcial en el caso de Elvira, ya que esta llegó a un pacto con su ex marido para que, si ella dejaba el país en el que decidía, él le pasara una manutención —esto lo hizo el ex marido para alejar a Elvira de Juan Carlos; al principio no lo consiguió porque Elvira estaba decidida a casarse con este, pero luego de la conversación de la protagonista con Gracia, decide entregar su amor a su amiga y ella acepta el acuerdo con su ex marido—.
En la época en la que se publicó la obra, 1929, la dinámica social llevaba a las mujeres a vincular sus aspiraciones vitales con la maternidad y el matrimonio. Las Descentradas supuso un referente para todas esas mujeres que no encajaban en el modelo romántico del “ángel del hogar”. Dentro de la obra, la propia Salvadora Medina menciona:
Mi heroína es hermana nuestra. En ella estamos nosotras, todas nosotras… Las que no pensamos, las que no sentimos, las que no vivimos como las demás. Las que entre la gente burguesa somos ovejas negras y entre las ovejas negras somos inmaculadas (2007:55).
El mensaje de esta obra, y, por ende, su importancia, llega hasta nuestros días, ya que, aún hoy, es necesario recordar los estragos emocionales que pueden generar los mandatos sociales —tales como el matrimonio— en la vida de una persona. Los seres humanos seguimos sometidos a los prejuicios sociales dictaminados a partir de nuestro sexo, estado civil o posición social, y obras tan estremecedoras como esta son pertinentes en nuestra actualidad para tomar conciencia de ellos y apartarlos de nuestra vida para poder seguir el camino que cada persona considere mejor sin presiones sociales.
2.4.Análisis literario
Todo lo comentado sobre el matrimonio en el punto número dos se acentúa más si lo trasladamos al contexto de la obra que analizamos en el presente trabajo: Las descentradas. Esta pieza teatral, como ya hemos indicado, se ambienta en los años veinte del siglo pasado, donde los matrimonios de mujeres jóvenes con hombres de edades avanzadas eran un hecho, pues se justificaban con argumentos como: “Veinte me llevaba tu padre, y bien feliz que Una mujer debe poder respetar a su marido... Y decime... Que lo vas a respetar vos a tu novio…” (Medina Onrubia, 2007: 72).
En la presente cita, vemos cómo la división moral y social que se da entre hombres y mujeres aparece desde el inicio de la obra: la mujer, según se nos dice, debe respetar a su marido y por ello esta debe ser menor que su marido, pues así no solo existe una superioridad de jerarquía social —basada en el sexo y en los ideales de la época— sino también de experiencia vital. La obra de Salvadora Medina es un esquema de los diferentes perfiles que podían generar las mujeres en el tiempo en el que se desarrolla la obra; perfiles que procedemos a analizar:
En primer lugar, encontramos el prototipo social de “mujer casadera”, es decir, una mujer joven, heterosexual, blanca y perteneciente a una familia bien posicionada dentro de la comunidad. Este perfil está caracterizado dentro de la obra por Gracia, una joven de veinte años que, según se nos dice, “es una criatura inmaculada como su nombre” (3); este dato puede hacer alusión a la gran belleza de la joven, pero, sin lugar a dudas, lo que nos dice es que este personaje nunca ha mantenido relaciones sexuales y, por ende, hace cumplir a Gracia otro gran requisito para adecuarse a ese perfil prototípico de mujer de la época: ser virgen. Para la sociedad de la época, el hombre debía estar en total superioridad ante la mujer con la que se iba a casar, eso incluye el hecho de que este era el que debía aportar la experiencia sexual.
En segundo lugar, tenemos el personaje de la Señora Meurer, quien representa a la mujer de edad adulta que ha enviudado. Su función en la obra, y en la sociedad en general, es la de servir de faro a aquellas jóvenes que, como su hija, van a casarse dentro de poco. La señora Meurer promueve los valores canónicos del matrimonio tradicional, pues insta tanto a su hija como a su amiga Elvira —ya casada desde hace un tiempo— a obedecer a sus maridos y no juzgarlos con intervenciones como esta: “Claro que de vicio… No digo que sea un santo… Tendrá sus cosas. Para eso es hombre. Las mujeres inteligentes no miran nunca lo que hacen los hombres” (10). Este personaje sirve de ancora entre las mujeres y el modelo de amor y matrimonio que explicamos anteriormente y que, recordemos, defiende el entendimiento de las relaciones entre los hombres y las mujeres como una jerarquía en la que las segundas siempre servirán de base ante el poder masculino.
El tercer personaje de mujer presente en el esquema de la obra es Adelina, una mujer adulta que nunca se ha casado. Esta representa el sentimiento de fracaso social que comentamos en el punto dos, ya que la sociedad le recrimina que nunca haya contraído matrimonio y la presenta como un sujeto ridículo que vive buscando la aceptación de los hombres; esto se nos revela cuando otros personajes describen a Adelina de la siguiente forma:
Adelina es buena [...] solterona, eso sí [...] Adelina es un símbolo. Espero su príncipe azul hace por lo menos cuarenta años. Y el príncipe no llega… Ella luce sus virtudes en visitas, en fiestas, en toda clase de piringundines. Y como esas muñecas de vidriera que nadie compra, se aja, se destiñe (29)
En esta cita, podemos ver cómo la identidad femenina está sometida al éxito que la mujer tenga con los hombres —un éxito que, irremediablemente, debe pasar por el matrimonio—, limitando el perfil social de esta a la de un mero objetivo que el marido posee como adorno para exhibirlo en reuniones sociales. En el momento en que la mujer en cuestión ya no tiene la belleza propia de la juventud, la sociedad considera que está negada al amor, ya que ningún hombre querrá “poseer” una propiedad, digamos, devaluada en el plano estético. En palabras de Monique Wittig: “no hay un destino biológico, psicológico o económico que determine el papel de las mujeres (2006: 32). Las personas no estamos atacadas a ningún devenir existencial que delimite lo que debemos hacer con nuestras vidas, eso incluye el aspecto del matrimonio, la maternidad y cualquier otro constructo social impuesto como necesario.
En cuarto lugar colocamos a la protagonista de la obra: Elvira. Esta inicia la obra estando casada con un hombre al que odia —el doctor López Torres—, algo que le hace tomar una actitud vital irónica y despreocupada, que, como reconoce ella misma casi al final de la obra, lo que esconde en una profunda infelicidad. El hecho de que una mujer odie a su marido se ve normal en la obra, ya que se presupone que la mayoría de las mujeres que se casan no lo hacen por amor ni por cariño hacia su cónyuge, sino por presión social. Elvira es aceptada en la sociedad por el simple motivo de estar casada con un hombre que posee una categoría social alta; no obstante, eso se termina cuando, luego de encontrar a su mujer con el personaje de Juan Carlos en la misma habitación, López Torres quiere firmar un acta de divorsio. El escándalo cubre la imagen de Elvira y todos los personajes de la obra, incluída la Señora Meurer, deciden eliminarse de su entorno social para así no provocar que su “mancha” les salpique a ellos. En la obra se comenta que “lo sabrá todo el mundo. Un divorcio es cosa pública” (48), algo que nos revela la enorme magnitud social que tiene el matrimonio en la vida de las personas de aquella época, y que aún hoy se presenta en algunos casos, ya que la separación de dos personas debería considerarse algo privado y no un acto extendido a la comunidad. En palabras de Franchini: “Fuerza adversativa, carácter dinámico, transitividad y reflexividad son algunos de los matices lingüísticos que enriquecen el uso de este personaje en la obra” (2015: 6), dejando ver el gran caracter teorizador que esta mujer presenta y que dota a Las descentradas del sentido crítico que la autora pretende conseguir.
En quinto lugar ubicamos el personaje de Gloria, una periodista, gran amiga de Elvira que, en palabras de María Franchini, funciona como el alter ego de la propia autora en la obra, ya que funde en él su espíritu reivindicativo y sus gustos profesionales (2016: 21). Este personaje es presentado al principio como una “chiflada” y una “angustiada”. Cuando se nos comentan estos adjetivos hacia ella, no sabemos a qué se pueden deber, pues no se nos ha contado nada de la vida de este personaje; sin embargo, casi al final de la obra, cuando Gloria hace su aparición, se nos revela que ella también se divorció y, en ese proceso legal, perdió a sus hijos:
Los hijos. Es la única verdad de la vida. Yo me defiendo de su recuerdo, quiero echarme un candado en el alma, quiero tener valor. Y me aturdo y me rodeo de todos esos muñecos —figuras que ella hace de forma artesanal— que forjo, que son algo hijos míos también. Y de repente todo se desvanece. Veo sus caritas, los oigo reír, y extiendo los brazos y no hallo más que vacío; y ellos allá, criados allá, no llegarán a comprenderme jamás…
Esta intervención del personaje nos revela los sentimientos que se esconden detrás de la apariencia social. La sociedad juzga en función de si las personas cumplen o no las pautas de prestigio establecidas —conseguir marido, ser bella, tener descendencia, cuidar a los hijos…—; sin embargo, en muchas ocasiones se nos olvida —en aquella época y en la actual también— que todo ser humano está compuesto por sentimientos e historias que, al contrario que los divorcios de la década de los veinte del siglo pasado, no son conocidas por los demás.
Esta obra es un drama amoroso que revela el sacrificio que muchas mujeres deben hacer ante una sociedad que no las comprende, que las etiqueta en función de su edad, de su nivel social y de su procedencia, y que somete su identidad a lo que dirán los demás. Los personajes de Elvira y Gloria son “disidentes” por el hecho de que, luego de haber pasado por el divorcio y por la pérdida de su amor verdadero en pro de la felicidad de una amiga —la primera— y luego de haber pasado por un divorcio y de haber perdido a sus hijos por legalidades sociales —la segunda— siguen adelante constituyendo su propio camino. Esto último lo vemos cuando, casi al finalizar la obra, estas dicen:
Elvira: Ha sido demasiado… Era lo único que tuve en la vida… —haciendo referencia a su amor por Juan Carlos—.
Gloria: Ya olvidarás… Nos iremos lejos…
Elvira: Hasta de tus hijos…
Gloria: Nunca estarán más lejos que ahora… Hay que huir… Nos han vencido, nos han vencido las gentes vulgares, las gentes felices, esas que tienen el secreto de la vida…
Elvira: (sollozando): Pero nosotras… nosotras también lloramos…
Para finalizar con el análisis de la obra, consideramos imperante añadir, como último punto del esquema de perfiles ideado por Salvadora Medina Onrubia en esta obra, Las descentradas, la importancia de los criados y las criadas, en la obra referidos como Mucamos y Mucamas. Antes comentamos, al hablar del personaje de Gracia, que la “mujer casadera”, como prototipo social, era aquella mujer joven, heterosexual y blanca; esta descripción se mantiene a lo largo de toda la obra con todos los personajes principales, siendo los Mucamos y Mucamas los menos incluidos en las dinámicas amorosas de los personajes. En todo momento mantienen la labor de servicio y, al contrario que el resto de miembros de la obra, no se conoce nada de su vida ni de su identidad fuera de ese papel servicial que realizan. Al igual que ocurre con los personajes de Adelina Elvira y Gloria, que distan mucho del cañón social esperado, estos personajes también son denigrados por su factor social y, al igual que hemos hecho con el resto, consideramos necesario mencionarlo. Como menciona Judith Butler en sus investigaciones: “los sujetos corporales regulados por unas estructuras políticas determinadas, en virtud de que están sujetos a ellas, se constituyen, se definen y se reproducen de acuerdo con las imposiciones de dichas estructuras” (2007: 47).
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